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No sé si al final lo sacaron en deuvedé en España, pero Internet está para este tipo de cosas.
¡Glub!
«¿Qué da a una colegiala su especial inocencia? ¿Será
el aroma? El dulce aroma de su perfume, de su pelo? El aroma de
las flores frescas y lo que no está jodido por los trasnoches y la
mala alimentación. ¿Serán sus gestos, su forma de moverse, la
forma en que su cuerpo conserva cierta apariencia de respeto por
sí mismo y de dignidad? ... Cuando nos agarran sus hermosas
piernas estrechándonos con fuerza, mirándonos y nosotros mirándolas...
¿O será lo que sale de sus preciosas boquitas? Todas esas
preguntas, ese asombro por las cosas. Es que tienen toda la vida
por delante y nosotros ya hemos perdido la mitad de la nuestra.
¡Maldita sea! ¿Qué será?»
A éstos, literalmente, el escenario se les queda pequeño.
Una puesta en escena que ya forma parte del imaginario del cine occidental, sobre todo por su originalidad y coherencia: desde los títulos de crédito de Saul Bass, la elección de unos escenarios ya míticos, la fotografía de ensueño, los colores elegidos al milímetro o los efectos especiales revolucionarios para aquella época hasta los movimientos de la cámara o la misma elección del vestuario o de los propios actores. Y por encima de todo ello, la composición de Bernard Herrmann. Una genialidad cuidada hasta el último detalle.
Shigeru Umebayashi, compositor de este "Yumehi's Theme", de la película "Deseando Amar". Entre muchas otras, ha colaborado en "2046", también de Wong Kar-wai y en "La casa de las dagas voladoras", de Zhang Yimou.
"Esto debe de ser música clásica. ¡Lo he adivinado porque no cantan!"
Otro compositor interesante: Jon Brion. Además de "I Heart Huckabees", también es el compositor de las bandas sonoras de "Magnolia", "Punch-Drunk Love" o "Eternal Sunshine of the Spotless Mind".
No hay final feliz.
En el medio,
la felicidad es improbable
y si aparece
tiene casi siempre los ojos vendados.
Al final,
los ojos no necesitan vendas
para no ver.
No ver y no ser feliz
componen la última ecuación.
Las otras ecuaciones posibles
se caen detrás del pensamiento,
como si allí las aguardara
un terreno más fertil.
No hay final feliz.
El lugar de la felicidad
lo ha ocupado un llamado.
Y ni siquiera sabemos
si el llamado se oye hasta el final.
Un vidrio astillado
reparte los reflejos,
como un pequeño sol frío
que un golpe arrebató a la transparencia.
Algo lleva siempre al hombre
a interrumpir todo aquello que fluye:
la luz, el agua, el pensamiento,
algún dios, el silencio, la noche.
Pero esa interrupción hace surgir a veces
otra continuidad, otra secuencia,
una corriente que se alarga más allá de los indicios,
una forma de proseguir que se reinventa
del otro lado de los cortes.
Un modo de fluir que no aprendimos
y sin embargo nos reclama.
El final de una tarde
desató los caminos,
pero no hacia delante.
Desató lo que espera
detrás de los caminos,
aunque allí no haya nadie.
Y desató a la noche,
la noche que sí espera,
la noche que ya estaba desatada.
Y en el fondo de todo
brilló por un instante
aquello que se abstiene.
Lo que siempre se abstuvo
en torno de la vida,
salvo al fin de una tarde.
El vacío de algo,
que nos ata y desata.
Aún menos que el vacío.
Perderlo todo.
Abandonar un sueño
y hallar otro:
el sueño donde habita
el vértigo más suelto del azar.
Y el canto que ni los dioses cantan,
por mucho que lo ensayen,
el canto más liviano que los dioses:
el canto de la desposesión.
Aprovechando la mención a Jocelyn Pook de hace un par de posts, ésta es otra de las composiciones que hizo para Eyes Wide Shut.
La otra peli de Sébastien Lifshitz. Preciosa.
Aparte de esta canción de Anthony and The Johnsons, merece la pena la banda sonora, compuesta por Jocelyn Pook.
Será el frío y la introspección...
Pues eso, que me voy de fin de semana a ese país tan atrasado cultural y sociopolíticamente hablando que es Inglaterra, en el que los transportes públicos no funcionan, el Gobierno mantiene un continuo estado de alerta policial y los maricones no pueden casarse.
Pfff, qué a gusto me he quedado.
Como dicen los ingleses. No le hizo falta nada más a Josh Rouse el pasado sábado. Tan sólo tocar su música, que era lo que toda la sala Bikini quería ver. He de admitir que me asombró la concurrencia convocada, aunque también es cierto que la colonia yanqui asentada en Barcelona hizo mucho. Tras la lamentable actuación del telonero de esta gira (un tipo enorme calcado a Aston Kutcher), Josh y sus dos músicos empezaron a tocar algunas canciones del último disco, Subtitulo, que no es lo que más me gusta de él, pero hubo joyas como el My love has gone (sin acompañamiento de la guitarra eléctrica, una pena) y hasta colaron alguna canción de un nuevo disco que saldrá en enero, dijo el Josh en un español con un acento giri completamente adorable fruto, obviamente, de su actual residencia levantina. Por cierto, que en persona, con nada más que unos vaqueros y una camiseta blanca, gana mucho. Luego se quedó solo para tocar 1972, hasta que se subió al escenario una tipa flacucha que le acompañó en otra canción nueva, Car Crash, y en The Man Who Doesn’t Know How To Smile. A continuación, y para horror de los asistentes, Aston el lamentable volvió a irrumpir en escena, pandereta en ristre, para acompañar al grupo en It’s the nighttime, a la que siguió, con gran algarabía por parte del público, Come back y Winter in the Hamptons, canción esta última que la gente coreó hasta después del concierto. Ya en los bises (que hubo dos), regaló al público, en el que sería –dijo– su último concierto del año, con Love vibrations y la menos buena Directions, para terminar, de nuevo solo en el escenario con Sad Eyes, momento climático en el que terminó cubriéndose medio cuerpo con la guitarra mientras el público prorrumpía en una ovación final totalmente merecida. Y es que, sin más que un puñado de canciones, sin estridencias ni fanfarrias, sin ser un superventas ni arrastrar masas enfervorecidas, este tipo se dedica a hacer su música, que puede ser triste, melancólica o hasta melosa, si se quiere, pero que a uno le da la impresión de que es suya, de que eso es lo que hay, y que no hace falta nada más.
Pues eso. Que no está mal pero tampoco está bien. Que parece que Fangoria ha decidido quedarse en la cultura popular española. Y por quedarse me refiero a no avanzar, a autoafirmarse a base de cabezazos y rimas consonantes, asonantes y a veces hasta un poco vergonzantes.
Fiesta de Halloween 2006 en casa.
Ya está puesta la radio.